Como el otro, este juego es infinito, o el angustiante aleteo de las mariposas.
Luego de fotografiar mariposas y ponerles nombres, que como decía hablaban más de mi que de ellas, luego de haber dejado atrás a la ventana/pantalla/ventana y de no necesitar más las pastillas de los destellos rojos. Luego de haberme dado cuenta que la chica que seguía a Benito vestida de rojo, no era más que una mariposa herida, que buscaba su propio fantasma. Después de haber ahuyentado a mi fantasma, que al irse me robó las mejores sábanas, me di cuenta por fin que nada estaba en mis manos.
Reaccioné de pronto y vi que la vida fluía como un río sin cauce. Rompí los puentes, me puse mis más cómodos zapatos y salí a la calle, de nuevo a la calle...
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablerolos demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

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